martes, 18 de diciembre de 2012

Cinco.

Perdí el resto de la tarde en las curvas de esa letra redonda. Hecha seguramente con una pluma que sería imposible de conseguir para Marquitos. Unos puntos de tinta más intensos, redondos, en cada descanso de la mano, esfumándose, casi en ángulo recto al final de cada palabra. Él dudaba. No estaba seguro de lo que escribía.
Los nuevos párrafos, anticipados por una sangría extensa, reponían el silencio que debía romper para escribir.
La historia me sacaba del departamento, me quitaba el lugar en esa mesa y en la cama.
En el barco, el día siguiente, todo se dibujaba en mi cabeza como una novela.
La pequeña distancia, que nos separaba de la playa, como aquellas sangrías, convertía toda letra en ficción.

sábado, 6 de octubre de 2012

Cuatro.

Magda salió y dejó, como siempre, la radio encendida en la cocina. Habíamos llegado a esa ciudad un par de meses antes, y todavía pensábamos en seguir viaje. Cuando aún esa era una ciudad de paso y ella no me había dicho su verdadero nombre, la radio traía noticias de ciudades que para mí eran solo nombres en un mapa siempre lejano.

Yo me levantaba como siempre, a poner la pava y callar a los tipos de la radio, a poner algo de música y abrir las ventanas.
Ella salió y yo me quedé secando los platos, ordenando la cocina. La casa iba tomando ya, además de nuestros colores, nuestros caprichos. La manera de poner la mesa mirando a la ventana, las pocas cosas sobre la mesada, la docena de libros que habíamos salvado bajo el cuadro y al lado del sillón.

Llevaba a la pieza unas cajas que nos quedaban en el living, lo recuerdo, cuando el agua amenazó con hervir. Las tiré en un rincón para preparar el mate. ahuecaba la yerba con la yema de los dedos para poner la bombilla cuando vi el sobre en el piso.

Llevé la pava a ala mesa y lo levanté. era una carta de él.
No tenía encabezado, ni fecha, ni firma. Pero conocía esa letra, casi podía sentir los movimientos que la producían.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Tres.


Otros, los que saben cantar, actuar, o los que escriben, los que pintaban buenos cuadros, todos esos se ganan la vida sin problemas.
Aquí siempre aparece alguien orgulloso de tenernos, quizás sienten que se quedaron con lo mejor de nosotros, que nos tienen como un circuito alternativo y que al fin y al cabo no somos más que una evidencia de su solidaridad. Por eso eligen a los que tienen algo que devolver, y les parece que no hay nada mejor que las canciones y los poemas. Así, pueden decir que como nos disfrutan, nos entienden. Así dibujan en sus mapas un lugar pequeño y alejado en el que poner algunas cosas. Esas que van asociando a lo que escuchan en las palabras de los nuestros, con más o menos confusión, con más o menos intención.
Yo, que no se cantar, vine a hacer más seguro lo que hacía lejos.
Como los que sacan peces de entre los músculos del agua, me interno en la noche para poner un pulso, una cadencia, entre las letras de otros. Pero mi tarea oculta también me da otras ventajas. Cuando ellos cantan, leen sus poemas o dan charlas ejemplares, yo puedo escuchar a un costado, disfrutar el vino, no pensar en otra cosa que los movimientos de Magda. 

viernes, 31 de agosto de 2012

dos.

No recuerdo la noche anterior a la mañana de las cartas.
Es un momento que solo tiene un después. 
El final de la historia está allí, concentrado. Todos los detalles que después se irán desplegando, los tenía ante mí en la claridad del departamento antes del mediodía. 
La mañana de las cartas Magda había salido temprano, y yo escuchaba música en una radio que enchufábamos en el baño. Las notas cálidas de aquel idioma que aún tarareo a veces, llegaban como otro aire tibio.
La caja con las cartas estaba debajo de la cama. 
Abrirla, fue como ver las cenizas de alguien que aún no había muerto.

sábado, 30 de junio de 2012

uno.

Esa noche hubo un silencio de varias semanas.
Magda me esperaba para entrar en la cama. No soportaba mi cuerpo entrando de un golpe entre las sábanas, mi pie rozándola mientras el colchón temblaba abajo nuestro.

Ella me esperaba sentada en el borde de la cama. Me sonreía, con los brazos juntos hasta las palmas, que escondía entre sus piernas. Me preguntó algo del viaje, cómo se había portado el barco. Estaba ansiosa por el reencuentro que nos tocaba. Me decía que hacía frío, entonces daba unos golpecitos con las puntas de los pies en el piso de maderas. Se hacía temblar entera, y entonces el pelo le pegaba entre los hombros.

Y yo le hablaba de los vientos, le contaba como había ido creciendo la luna. Ella me miraba sin dejar de sonreírme, se hacía la interesada, pero me apuraba. No quería entrar antes que yo.

Entonces nos metíamos en la cama de la mano. Y yo me sentía su invitado, siempre con nuevos secretos. Débil, la protegía en ese anonimato que me guardaba hasta que nos abrazábamos.

martes, 29 de mayo de 2012

ceros.

Cuando vi por primera vez ese escritorio sentí que las manos me picaban.
En el medio del mar, en una mesa que tambaleaba por las olas, todas esas lapiceras y papeles.
Marquitos me dió el patrón. Yo tenía que escribir una postal: dos o tres líneas con aquella letra que ahora mismo podría hacer. Él me las iba a dictar. Me dió un par de horas para acostumbrarme al pulso, pero le pedí que me dijera qué escribir.
Al rato estaba listo.
Marquitos sonrió, me dijo que le caía bien, y que el trabajo estaba bien hecho.
Tres horas más tarde veíamos el barco desde el edificio amarillo. Quería contárselo a Magda, pero sentía en la nuca las miradas, tenía que portarme como un hombre.

jueves, 10 de mayo de 2012

Once.

No estoy borracho.
El efecto del alcohol está retrocediendo.
Eso siento, o es el viento frío, o el amanecer, en la playa.
Estoy sentado como indio en la arena. Fumo. Y cada vez que doy una pitada me acuerdo que eso no es para mí. Que nunca me gustó el sabor que  me deja el en la boca, que mañana va a dolerme la cabeza.
Vos estás al lado mío, me sonreís, y yo tengo terror.
Tengo terror de decepcionarte. Hay un punto en que ya no confío más en mí. Me siento perdido en las cosas que me disfrazan.
Ya estoy mareado cuando me besás. Las nubes retrasan el sol y la mañana, y se mezclan en el horizonte con las olas y el cielo.

miércoles, 25 de abril de 2012

diez.

Encendemos uno de sus cigarrillos en una escalera de las que dan  a la playa.
Le digo que hace mucho que ya no fumo, pero agarro el cigarrillo y le doy una larguísima pitada, mientras miro, siguiendo la costa, las luces de la costanera.
Yo te dije que extrañaba mis cosas, te hablé de mi casa, te hablé de todo lo que había dejado. Hablaba. Y hablaba de cosas que ya estaba olvidando.
Vos mirabas el mar y la orilla cuando se hizo el primer silencio, y me dijiste eso de que vos no querías que ese momento se terminara.
Entonces caminamos por la arena húmeda unas cuadras, bajando del centro. Entonces, me abrasaste y me diste un beso. Sonreí hasta que me soltaste el abrazo. Mirabas hacia atrás mío, había un hombre. Un hombre que no tenía cara.
Me dijiste que saliéramos. Ya no sonreíamos, me dijiste que saliéramos y yo te dije que camináramos por las veredas o por el asfalto, pero no por la arena, que tuviera cuidado.
Caminabas apurado por la calle cuando llegamos a la bajada del edificio.
El hombre estaba ahí. Girado, entre el mar y las luces de la costanera, de repente. Pero nunca llegamos a verle la cara.
Te pedía que te apures, te decía que íbamos a entrar por una puerta de servicio para lavarnos los pies, porque seguíamos descalzos. Dejamos correr el agua antes de darnos cuenta de la sangre.

sábado, 7 de abril de 2012

nueve.

Si lo pienso bien debía llover.
Es de noche y estamos en la playa. Un rayo corta el cielo y el mar.  Yo estoy saliendo del agua, porque se ha vuelto peligrosa, y ellos me ven llegar desde los médanos.

Necesito escribirlo de nuevo. Ponerle palabras a eso que vuelve como una imagen sin sentido. El diario me lleva  a otras cosas. Me distraigo en el olor de la tinta. En el mate, en los chicos yendo a la escuela dos cuadras abajo. Entonces bajo y compro el cuaderno azul que va a quedar cerrado, sobre la mesa, algunos días. 

miércoles, 21 de marzo de 2012

ocho.

La mañana de los tacos todavía no entendía que estabas tocándome la puerta, aunque yo solo sintiera un leve cosquilleo en el techo o en las cortinas.

domingo, 11 de marzo de 2012

siete.

Atrás la extensa pista entre los pastos oscuros, atrás las luces filosas del aeropuerto, otra vez en movimiento sobre el colectivo.
El viaje se alarga, se hace hora tras hora la misma ruta adelante, pasamos unas pocas estaciones, y en ninguna hay un poco de sol.
La huella de la tormenta ha quedado en  las gotas espesas de la ventanilla. La imagen concentrándose ahí, haciéndose espesa también, refleja cientos de veces el mismo recorte de cielo y campo.
Mi nuevo documento, con su foto ambigua y ajena, me daba un nuevo nombre para el viaje, uno que no era ninguno de mis anteriores, y que me parecía absurdo y tonto. Nunca supe a quién se le ocurrió. Lo miro al pasar, lo guardo en un bolsillo. La revista no me dice nada, no puedo pensar en esas cosas. Y no puedo quedarme quieto en el asiento.

El colectivo baja de la ruta al mediodía.
El ómnibus pesado pisa el polvo y se tambaleé un poco. Para que luego avanzar demasiado de a poco hacia la estación, pasando los tres montes para el lado del mar. 
Se acerca al tinglado de la terminal. Frena al costado del andén, y entonces me paro y me levanto despacio, bajo y camino estirando la espalda y girando el cuello. Se respira este aire distinto.
Tomo un taxi al final del andén. El chofer pregunta de donde soy, y se sonríe cuando le doy la dirección. El edificio, dice, y entonces deja salir la risa. No entiendo, pero sonrío. Escondo mis ojos en la ventanilla.
El auto llega pronto a la costanera.
El edificio amarillo va apareciendo a las pocas cuadras. Es uno de los más altos. El auto frena, y en la puerta hay un enorme cantero lleno de plantas antes de la puerta.
Entonces llamo al departamento del encargado, digo mi nuevo nombre, o mi nueva clave, y ya estoy adentro.
En la mesa hay una botella de vino y una nota, esa noche, en el quinto E.
No recuerdo otra siesta como esa.
Llena de pesadillas, y calma.
La certeza del sueño.

sábado, 25 de febrero de 2012

seis.

Estoy en el descampado, ya es de noche. Por momentos los árboles se mueven y la luz de la calle se queda en la vereda.
Yo camino pegado a los cercos. Hará una hora que dejé la casa. Ya desarmé el llavero y tire las llaves, una a una por ahí, entre las hojas, en la zanja, por las bocas de tormenta.
En principio no oigo más que mis pasos y mi respiración, pero hay un momento en que no escucho nada. Entonces una luz blanca y otra azul barren el baldío desde las ligustrinas. Frenan un auto en la salida a la calle.
Me siento muy despacio entre las plantas. El bolso queda a unos pasos. Sigo sin oír nada. Hay algo que me cierra los oídos, y solo veo la luz que dispara la linterna contra las primeros árboles, contra el auto abandonado que revisan. Son dos hombres, no se ve como están vestidos. No se ve casi nada, un par de movimientos bruscos, una patada para cerrar la puerta del auto, antes de salir hacia la calle de nuevo.
La linterna se apaga, mi memoria se interrumpe.
Entonces mi respiración se vuelve un ruido ensordecedor, y me cuesta evitar las lágrimas mientras hago fuerza por escuchar si el auto se está yendo o se queda.
Hasta que lo oigo acelerar a mitad de cuadra.
Busco entonces el bolso con los pies.  Lo encuentro y me apuro a salir.
En la calle mantener la mirada en el piso. No correr, recuerdo todas aquellas recomendaciones. Aprieto los labios para no respirar por la boca. En la esquina de la avenida hay más movimiento. Dos bares abiertos y varios autos parados en el semáforo. Una pareja besándose en la puerta de una casa muy iluminada.
Me quedan cinco cuadras.
Los últimos quinientos metros del recuerdo.

lunes, 13 de febrero de 2012

Cinco.


La mañana de los tacos, la arena pegaba en las persianas y ese cosquilleo se metió en el final de mi sueño.
Íbamos por la ruta y yo manejaba. Había autos abandonados por todas partes. Y de repente, el camino se cortaba en un enorme charco. Alguien me decía que no podríamos seguir, discutía con otro algunas posibilidades: cambiar el rumbo, abandonar el auto.
Pero antes de que la discusión se resolviera, yo había cruzado el charco, y estaba solo en el auto.
Me desperté en el edificio amarillo.
Así como había llegado.
En el recuerdo, esa primera mañana, ese primer sueño, se hacen fuertes. Pero no son más que eso, un instante, casi preliminar.
La primera mañana que escuché esos tacos, no pude dejar de mirar el techo, esperando entender los movimientos, los míos, los de ella, los de ese sol que comenzaba a dibujar una mañana fría.

lunes, 6 de febrero de 2012

cuatro.

El ruido de los motores en la noche.Campo y un poco de asfalto bajo la ventanilla.
Y de repente el piso que ya no nos sostiene, la tierra que se despega.
Es tarde y sé que no volveré a ver nada afuera durante el viaje. Adentro todo es luz, todo limpieza. Pero yo no puedo dejar de pensar en la tierra.
Busco entonces en el piso falso del avión, y veo el barro seco al rededor de mis zapatos, en el dibujo de la suela. Algo de eso me tranquiliza, algo de mi barrio aún me sostiene.

viernes, 3 de febrero de 2012

tres.

La primera fiesta fue en el quinto.
Bajé los dos pisos por la escalera. No sabía qué tenía que hacer en ese lugar, pero ya me había puesto la ropa que me habían dado, nunca antes me había vestido de esa manera. Pero estaba ahí. Bajando las escalera, mirando el brillo de los zapatos, controlando el último botón de mi camisa.
Y cuando me freno ante la puerta, a punto de tocar el timbre, no entiendo tampoco cómo es qué estoy ahí. No sé qué es lo que comienza para mí del otro lado. Entonces, tengo una botella de vino en la mano y toco el timbre.
Adentro, rápidamente voy a perderme entre los demás invitados. No recuerdo cuándo fue la última vez que fui a una fiesta en la que tocaran la guitarra, en la que la gente baile y tome hasta dormirse.
Pero esa vez, la recuerdo claramente. No quise tomar nada, no pude cantar.
Lo miré todo, sin decir una palabra.
Cuando subía a mi departamento, ordenaba las sábanas de la cama sin poder dormir. Qué pensar, entonces, de esos que éramos.
Éramos, los que con o sin vergüenzas, seguíamos buscando.
No reconozco la letra con la que escribí esa noche en el cuaderno azul.

lunes, 30 de enero de 2012

dos.

En el balcón, ella se acerca a decirme algo.
Alguien nos presenta, o quizás es solo ella preguntándome algo del mar, apoyándose al lado mío en la baranda.
Habla de algunos lugares que y conozco, habla como si salieran de su boca por primera vez.

Entonces sabemos que este lugar no existe. Es solo un tiempo, un momento.
Me doy cuenta que los dos pensamos eso, porque de repente estamos muy serios. Todo esto es algo que ha nacido terminado.
Y por eso, ya no me importa cuidarme de besarla, de mantener ocultas todas mis intenciones, debajo de toda esa música y ese alcohol prestado.
Toda esta fiesta no nos había dejado de lado, pero todavía teníamos nuestras piezas.
Después de ese silencio, le digo a Magda que venga conmigo. Ella no me muestra nada en su rostro, no sonríe, solo asiente con la cabeza.
Podría ser, dice.
O no, menos, creo que solo me dice,
Podría.

sábado, 21 de enero de 2012

uno.

El cuaderno azul estaba en el estante de las revistas.
Entrada la mañana, quedó sobre la mesa de la cocina después de una primera etapa de limpieza. En las primeras horas de la tarde lo volví a encontrar cuando fui a buscar el termo.
Lo abrí con resentimiento. No quería encontrarme con la única página que me acordaba claramente. No quería traer a esta mudanza aquellos momentos. Solamente cambiar la biblioteca de lugar, no ordenar recuerdos.
Lo primero que encontré fue una letra extraña. Un pulso parejo, que se extendía a lo largo de mi cuaderno.

Una historia que me parecía levemente propia, en aquellas palabras ajenas.

viernes, 20 de enero de 2012

ceros.

Primero, es una canción que llega de lejos. Como unas palabras que cada uno se apropia como puede, solo después, se vuelve algo que se empieza a erguir como aquel edificio. Y solo al final, con un gesto irónico el albañil silba la primer melodía. 
El balcón vacío frente al mar, la arena acumulándose en los rincones. 
El verano, siempre, a la vuelta de la esquina.


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