Magda salió y dejó, como siempre, la radio encendida en la cocina. Habíamos llegado a esa ciudad un par de meses antes, y todavía pensábamos en seguir viaje. Cuando aún esa era una ciudad de paso y ella no me había dicho su verdadero nombre, la radio traía noticias de ciudades que para mí eran solo nombres en un mapa siempre lejano.
Yo me levantaba como siempre, a poner la pava y callar a los tipos de la radio, a poner algo de música y abrir las ventanas.
Ella salió y yo me quedé secando los platos, ordenando la cocina. La casa iba tomando ya, además de nuestros colores, nuestros caprichos. La manera de poner la mesa mirando a la ventana, las pocas cosas sobre la mesada, la docena de libros que habíamos salvado bajo el cuadro y al lado del sillón.
Llevaba a la pieza unas cajas que nos quedaban en el living, lo recuerdo, cuando el agua amenazó con hervir. Las tiré en un rincón para preparar el mate. ahuecaba la yerba con la yema de los dedos para poner la bombilla cuando vi el sobre en el piso.
Llevé la pava a ala mesa y lo levanté. era una carta de él.
No tenía encabezado, ni fecha, ni firma. Pero conocía esa letra, casi podía sentir los movimientos que la producían.