martes, 29 de mayo de 2012

ceros.

Cuando vi por primera vez ese escritorio sentí que las manos me picaban.
En el medio del mar, en una mesa que tambaleaba por las olas, todas esas lapiceras y papeles.
Marquitos me dió el patrón. Yo tenía que escribir una postal: dos o tres líneas con aquella letra que ahora mismo podría hacer. Él me las iba a dictar. Me dió un par de horas para acostumbrarme al pulso, pero le pedí que me dijera qué escribir.
Al rato estaba listo.
Marquitos sonrió, me dijo que le caía bien, y que el trabajo estaba bien hecho.
Tres horas más tarde veíamos el barco desde el edificio amarillo. Quería contárselo a Magda, pero sentía en la nuca las miradas, tenía que portarme como un hombre.

jueves, 10 de mayo de 2012

Once.

No estoy borracho.
El efecto del alcohol está retrocediendo.
Eso siento, o es el viento frío, o el amanecer, en la playa.
Estoy sentado como indio en la arena. Fumo. Y cada vez que doy una pitada me acuerdo que eso no es para mí. Que nunca me gustó el sabor que  me deja el en la boca, que mañana va a dolerme la cabeza.
Vos estás al lado mío, me sonreís, y yo tengo terror.
Tengo terror de decepcionarte. Hay un punto en que ya no confío más en mí. Me siento perdido en las cosas que me disfrazan.
Ya estoy mareado cuando me besás. Las nubes retrasan el sol y la mañana, y se mezclan en el horizonte con las olas y el cielo.