martes, 29 de mayo de 2012

ceros.

Cuando vi por primera vez ese escritorio sentí que las manos me picaban.
En el medio del mar, en una mesa que tambaleaba por las olas, todas esas lapiceras y papeles.
Marquitos me dió el patrón. Yo tenía que escribir una postal: dos o tres líneas con aquella letra que ahora mismo podría hacer. Él me las iba a dictar. Me dió un par de horas para acostumbrarme al pulso, pero le pedí que me dijera qué escribir.
Al rato estaba listo.
Marquitos sonrió, me dijo que le caía bien, y que el trabajo estaba bien hecho.
Tres horas más tarde veíamos el barco desde el edificio amarillo. Quería contárselo a Magda, pero sentía en la nuca las miradas, tenía que portarme como un hombre.

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