Cuando vi por primera vez ese escritorio sentí que las manos me picaban.
En el medio del mar, en una mesa que tambaleaba por las olas, todas esas lapiceras y papeles.
Marquitos me dió el patrón. Yo tenía que escribir una postal: dos o tres líneas con aquella letra que ahora mismo podría hacer. Él me las iba a dictar. Me dió un par de horas para acostumbrarme al pulso, pero le pedí que me dijera qué escribir.
Al rato estaba listo.
Marquitos sonrió, me dijo que le caía bien, y que el trabajo estaba bien hecho.
Tres horas más tarde veíamos el barco desde el edificio amarillo. Quería contárselo a Magda, pero sentía en la nuca las miradas, tenía que portarme como un hombre.
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