Atrás la extensa pista entre los pastos oscuros, atrás las luces filosas del aeropuerto, otra vez en movimiento sobre el colectivo.
El viaje se alarga, se hace hora tras hora la misma ruta adelante, pasamos unas pocas estaciones, y en ninguna hay un poco de sol.
La huella de la tormenta ha quedado en las gotas espesas de la ventanilla. La imagen concentrándose ahí, haciéndose espesa también, refleja cientos de veces el mismo recorte de cielo y campo.
Mi nuevo documento, con su foto ambigua y ajena, me daba un nuevo nombre para el viaje, uno que no era ninguno de mis anteriores, y que me parecía absurdo y tonto. Nunca supe a quién se le ocurrió. Lo miro al pasar, lo guardo en un bolsillo. La revista no me dice nada, no puedo pensar en esas cosas. Y no puedo quedarme quieto en el asiento.
El colectivo baja de la ruta al mediodía.
El ómnibus pesado pisa el polvo y se tambaleé un poco. Para que luego avanzar demasiado de a poco hacia la estación, pasando los tres montes para el lado del mar.
Se acerca al tinglado de la terminal. Frena al costado del andén, y entonces me paro y me levanto despacio, bajo y camino estirando la espalda y girando el cuello. Se respira este aire distinto.
Tomo un taxi al final del andén. El chofer pregunta de donde soy, y se sonríe cuando le doy la dirección. El edificio, dice, y entonces deja salir la risa. No entiendo, pero sonrío. Escondo mis ojos en la ventanilla.
El auto llega pronto a la costanera.
El edificio amarillo va apareciendo a las pocas cuadras. Es uno de los más altos. El auto frena, y en la puerta hay un enorme cantero lleno de plantas antes de la puerta.
Entonces llamo al departamento del encargado, digo mi nuevo nombre, o mi nueva clave, y ya estoy adentro.
En la mesa hay una botella de vino y una nota, esa noche, en el quinto E.
No recuerdo otra siesta como esa.
Llena de pesadillas, y calma.
La certeza del sueño.
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