Encendemos uno de sus cigarrillos en una escalera de las que dan a la playa.
Le digo que hace mucho que ya no fumo, pero agarro el cigarrillo y le doy una larguísima pitada, mientras miro, siguiendo la costa, las luces de la costanera.
Yo te dije que extrañaba mis cosas, te hablé de mi casa, te hablé de todo lo que había dejado. Hablaba. Y hablaba de cosas que ya estaba olvidando.
Vos mirabas el mar y la orilla cuando se hizo el primer silencio, y me dijiste eso de que vos no querías que ese momento se terminara.
Entonces caminamos por la arena húmeda unas cuadras, bajando del centro. Entonces, me abrasaste y me diste un beso. Sonreí hasta que me soltaste el abrazo. Mirabas hacia atrás mío, había un hombre. Un hombre que no tenía cara.
Me dijiste que saliéramos. Ya no sonreíamos, me dijiste que saliéramos y yo te dije que camináramos por las veredas o por el asfalto, pero no por la arena, que tuviera cuidado.
Caminabas apurado por la calle cuando llegamos a la bajada del edificio.
El hombre estaba ahí. Girado, entre el mar y las luces de la costanera, de repente. Pero nunca llegamos a verle la cara.
Te pedía que te apures, te decía que íbamos a entrar por una puerta de servicio para lavarnos los pies, porque seguíamos descalzos. Dejamos correr el agua antes de darnos cuenta de la sangre.
miércoles, 25 de abril de 2012
sábado, 7 de abril de 2012
nueve.
Si lo pienso bien debía llover.
Es de noche y estamos en la playa. Un rayo corta el cielo y el mar. Yo estoy saliendo del agua, porque se ha vuelto peligrosa, y ellos me ven llegar desde los médanos.
Necesito escribirlo de nuevo. Ponerle palabras a eso que vuelve como una imagen sin sentido. El diario me lleva a otras cosas. Me distraigo en el olor de la tinta. En el mate, en los chicos yendo a la escuela dos cuadras abajo. Entonces bajo y compro el cuaderno azul que va a quedar cerrado, sobre la mesa, algunos días.
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