jueves, 28 de febrero de 2013

Siete.


Salí del edificio después del mediodía.
Tenía que esperar a la noche para subir al barco y tomar yo mismo esa letra. Para echarme al agua de conversaciones de las que ignoraba toda respuesta. En las que solo era el que movía la mano.
Nunca había caminado tanto por la playa hasta aquel día. Todo se había vuelto endeble y confuso. Quería preguntarle a Marquitos muchas cosas. Sabía que por respuesta tendría el mismo silencio que las cartas.

jueves, 31 de enero de 2013

Seis.


Hoy encuentro nuevamente esa letra que no deja de inquietarme.
La reconozco y no puedo evitar la tentación de copiarla, torpemente. Calculo el alto del trazo, la tensión, me concentro en la primera y en la última letra, en las bajadas, en los ganchos. Hace años que no lo hago, pero tengo práctica en esa letra con la que llené mucho más que aquel cuaderno.
Antes del segundo párrafo vuelvo al mate, helado, y tengo que cambiar la yerba. El departamento, demasiado blanco todavía, me devuelve a la angustia de las últimas semanas. Pero vuelvo a escapar, vuelvo a levantar el edificio de la costa. Aquella mañana en que entendí con qué era lo que estaba haciendo, cómo me habían enroscado en esa historia, en esa letra.
Reconocí algunas cartas que había copiado con ligeras discrepancias, otras que había modificado por completo. Pero más abajo estaban las otras. 

martes, 18 de diciembre de 2012

Cinco.

Perdí el resto de la tarde en las curvas de esa letra redonda. Hecha seguramente con una pluma que sería imposible de conseguir para Marquitos. Unos puntos de tinta más intensos, redondos, en cada descanso de la mano, esfumándose, casi en ángulo recto al final de cada palabra. Él dudaba. No estaba seguro de lo que escribía.
Los nuevos párrafos, anticipados por una sangría extensa, reponían el silencio que debía romper para escribir.
La historia me sacaba del departamento, me quitaba el lugar en esa mesa y en la cama.
En el barco, el día siguiente, todo se dibujaba en mi cabeza como una novela.
La pequeña distancia, que nos separaba de la playa, como aquellas sangrías, convertía toda letra en ficción.

sábado, 6 de octubre de 2012

Cuatro.

Magda salió y dejó, como siempre, la radio encendida en la cocina. Habíamos llegado a esa ciudad un par de meses antes, y todavía pensábamos en seguir viaje. Cuando aún esa era una ciudad de paso y ella no me había dicho su verdadero nombre, la radio traía noticias de ciudades que para mí eran solo nombres en un mapa siempre lejano.

Yo me levantaba como siempre, a poner la pava y callar a los tipos de la radio, a poner algo de música y abrir las ventanas.
Ella salió y yo me quedé secando los platos, ordenando la cocina. La casa iba tomando ya, además de nuestros colores, nuestros caprichos. La manera de poner la mesa mirando a la ventana, las pocas cosas sobre la mesada, la docena de libros que habíamos salvado bajo el cuadro y al lado del sillón.

Llevaba a la pieza unas cajas que nos quedaban en el living, lo recuerdo, cuando el agua amenazó con hervir. Las tiré en un rincón para preparar el mate. ahuecaba la yerba con la yema de los dedos para poner la bombilla cuando vi el sobre en el piso.

Llevé la pava a ala mesa y lo levanté. era una carta de él.
No tenía encabezado, ni fecha, ni firma. Pero conocía esa letra, casi podía sentir los movimientos que la producían.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Tres.


Otros, los que saben cantar, actuar, o los que escriben, los que pintaban buenos cuadros, todos esos se ganan la vida sin problemas.
Aquí siempre aparece alguien orgulloso de tenernos, quizás sienten que se quedaron con lo mejor de nosotros, que nos tienen como un circuito alternativo y que al fin y al cabo no somos más que una evidencia de su solidaridad. Por eso eligen a los que tienen algo que devolver, y les parece que no hay nada mejor que las canciones y los poemas. Así, pueden decir que como nos disfrutan, nos entienden. Así dibujan en sus mapas un lugar pequeño y alejado en el que poner algunas cosas. Esas que van asociando a lo que escuchan en las palabras de los nuestros, con más o menos confusión, con más o menos intención.
Yo, que no se cantar, vine a hacer más seguro lo que hacía lejos.
Como los que sacan peces de entre los músculos del agua, me interno en la noche para poner un pulso, una cadencia, entre las letras de otros. Pero mi tarea oculta también me da otras ventajas. Cuando ellos cantan, leen sus poemas o dan charlas ejemplares, yo puedo escuchar a un costado, disfrutar el vino, no pensar en otra cosa que los movimientos de Magda. 

viernes, 31 de agosto de 2012

dos.

No recuerdo la noche anterior a la mañana de las cartas.
Es un momento que solo tiene un después. 
El final de la historia está allí, concentrado. Todos los detalles que después se irán desplegando, los tenía ante mí en la claridad del departamento antes del mediodía. 
La mañana de las cartas Magda había salido temprano, y yo escuchaba música en una radio que enchufábamos en el baño. Las notas cálidas de aquel idioma que aún tarareo a veces, llegaban como otro aire tibio.
La caja con las cartas estaba debajo de la cama. 
Abrirla, fue como ver las cenizas de alguien que aún no había muerto.