sábado, 25 de febrero de 2012

seis.

Estoy en el descampado, ya es de noche. Por momentos los árboles se mueven y la luz de la calle se queda en la vereda.
Yo camino pegado a los cercos. Hará una hora que dejé la casa. Ya desarmé el llavero y tire las llaves, una a una por ahí, entre las hojas, en la zanja, por las bocas de tormenta.
En principio no oigo más que mis pasos y mi respiración, pero hay un momento en que no escucho nada. Entonces una luz blanca y otra azul barren el baldío desde las ligustrinas. Frenan un auto en la salida a la calle.
Me siento muy despacio entre las plantas. El bolso queda a unos pasos. Sigo sin oír nada. Hay algo que me cierra los oídos, y solo veo la luz que dispara la linterna contra las primeros árboles, contra el auto abandonado que revisan. Son dos hombres, no se ve como están vestidos. No se ve casi nada, un par de movimientos bruscos, una patada para cerrar la puerta del auto, antes de salir hacia la calle de nuevo.
La linterna se apaga, mi memoria se interrumpe.
Entonces mi respiración se vuelve un ruido ensordecedor, y me cuesta evitar las lágrimas mientras hago fuerza por escuchar si el auto se está yendo o se queda.
Hasta que lo oigo acelerar a mitad de cuadra.
Busco entonces el bolso con los pies.  Lo encuentro y me apuro a salir.
En la calle mantener la mirada en el piso. No correr, recuerdo todas aquellas recomendaciones. Aprieto los labios para no respirar por la boca. En la esquina de la avenida hay más movimiento. Dos bares abiertos y varios autos parados en el semáforo. Una pareja besándose en la puerta de una casa muy iluminada.
Me quedan cinco cuadras.
Los últimos quinientos metros del recuerdo.

lunes, 13 de febrero de 2012

Cinco.


La mañana de los tacos, la arena pegaba en las persianas y ese cosquilleo se metió en el final de mi sueño.
Íbamos por la ruta y yo manejaba. Había autos abandonados por todas partes. Y de repente, el camino se cortaba en un enorme charco. Alguien me decía que no podríamos seguir, discutía con otro algunas posibilidades: cambiar el rumbo, abandonar el auto.
Pero antes de que la discusión se resolviera, yo había cruzado el charco, y estaba solo en el auto.
Me desperté en el edificio amarillo.
Así como había llegado.
En el recuerdo, esa primera mañana, ese primer sueño, se hacen fuertes. Pero no son más que eso, un instante, casi preliminar.
La primera mañana que escuché esos tacos, no pude dejar de mirar el techo, esperando entender los movimientos, los míos, los de ella, los de ese sol que comenzaba a dibujar una mañana fría.

lunes, 6 de febrero de 2012

cuatro.

El ruido de los motores en la noche.Campo y un poco de asfalto bajo la ventanilla.
Y de repente el piso que ya no nos sostiene, la tierra que se despega.
Es tarde y sé que no volveré a ver nada afuera durante el viaje. Adentro todo es luz, todo limpieza. Pero yo no puedo dejar de pensar en la tierra.
Busco entonces en el piso falso del avión, y veo el barro seco al rededor de mis zapatos, en el dibujo de la suela. Algo de eso me tranquiliza, algo de mi barrio aún me sostiene.

viernes, 3 de febrero de 2012

tres.

La primera fiesta fue en el quinto.
Bajé los dos pisos por la escalera. No sabía qué tenía que hacer en ese lugar, pero ya me había puesto la ropa que me habían dado, nunca antes me había vestido de esa manera. Pero estaba ahí. Bajando las escalera, mirando el brillo de los zapatos, controlando el último botón de mi camisa.
Y cuando me freno ante la puerta, a punto de tocar el timbre, no entiendo tampoco cómo es qué estoy ahí. No sé qué es lo que comienza para mí del otro lado. Entonces, tengo una botella de vino en la mano y toco el timbre.
Adentro, rápidamente voy a perderme entre los demás invitados. No recuerdo cuándo fue la última vez que fui a una fiesta en la que tocaran la guitarra, en la que la gente baile y tome hasta dormirse.
Pero esa vez, la recuerdo claramente. No quise tomar nada, no pude cantar.
Lo miré todo, sin decir una palabra.
Cuando subía a mi departamento, ordenaba las sábanas de la cama sin poder dormir. Qué pensar, entonces, de esos que éramos.
Éramos, los que con o sin vergüenzas, seguíamos buscando.
No reconozco la letra con la que escribí esa noche en el cuaderno azul.