La primera fiesta fue en el quinto.
Bajé los dos pisos por la escalera. No sabía qué tenía que hacer en ese lugar, pero ya me había puesto la ropa que me habían dado, nunca antes me había vestido de esa manera. Pero estaba ahí. Bajando las escalera, mirando el brillo de los zapatos, controlando el último botón de mi camisa.
Y cuando me freno ante la puerta, a punto de tocar el timbre, no entiendo tampoco cómo es qué estoy ahí. No sé qué es lo que comienza para mí del otro lado. Entonces, tengo una botella de vino en la mano y toco el timbre.
Adentro, rápidamente voy a perderme entre los demás invitados. No recuerdo cuándo fue la última vez que fui a una fiesta en la que tocaran la guitarra, en la que la gente baile y tome hasta dormirse.
Pero esa vez, la recuerdo claramente. No quise tomar nada, no pude cantar.
Lo miré todo, sin decir una palabra.
Cuando subía a mi departamento, ordenaba las sábanas de la cama sin poder dormir. Qué pensar, entonces, de esos que éramos.
Éramos, los que con o sin vergüenzas, seguíamos buscando.
No reconozco la letra con la que escribí esa noche en el cuaderno azul.
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