Esa noche hubo un silencio de varias semanas.
Magda me esperaba para entrar en la cama. No soportaba mi cuerpo entrando de un golpe entre las sábanas, mi pie rozándola mientras el colchón temblaba abajo nuestro.
Ella me esperaba sentada en el borde de la cama. Me sonreía, con los brazos juntos hasta las palmas, que escondía entre sus piernas. Me preguntó algo del viaje, cómo se había portado el barco. Estaba ansiosa por el reencuentro que nos tocaba. Me decía que hacía frío, entonces daba unos golpecitos con las puntas de los pies en el piso de maderas. Se hacía temblar entera, y entonces el pelo le pegaba entre los hombros.
Y yo le hablaba de los vientos, le contaba como había ido creciendo la luna. Ella me miraba sin dejar de sonreírme, se hacía la interesada, pero me apuraba. No quería entrar antes que yo.
Entonces nos metíamos en la cama de la mano. Y yo me sentía su invitado, siempre con nuevos secretos. Débil, la protegía en ese anonimato que me guardaba hasta que nos abrazábamos.
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