La mañana de los tacos, la arena pegaba en las persianas y ese cosquilleo se metió en el final de mi sueño.
Íbamos por la ruta y yo manejaba. Había autos abandonados por todas partes. Y de repente, el camino se cortaba en un enorme charco. Alguien me decía que no podríamos seguir, discutía con otro algunas posibilidades: cambiar el rumbo, abandonar el auto.
Pero antes de que la discusión se resolviera, yo había cruzado el charco, y estaba solo en el auto.
Me desperté en el edificio amarillo.
Así como había llegado.
En el recuerdo, esa primera mañana, ese primer sueño, se hacen fuertes. Pero no son más que eso, un instante, casi preliminar.
La primera mañana que escuché esos tacos, no pude dejar de mirar el techo, esperando entender los movimientos, los míos, los de ella, los de ese sol que comenzaba a dibujar una mañana fría.
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