Perdí el resto de la tarde en las curvas de esa letra redonda. Hecha seguramente con una pluma que sería imposible de conseguir para Marquitos. Unos puntos de tinta más intensos, redondos, en cada descanso de la mano, esfumándose, casi en ángulo recto al final de cada palabra. Él dudaba. No estaba seguro de lo que escribía.
Los nuevos párrafos, anticipados por una sangría extensa, reponían el silencio que debía romper para escribir.
La historia me sacaba del departamento, me quitaba el lugar en esa mesa y en la cama.
En el barco, el día siguiente, todo se dibujaba en mi cabeza como una novela.
La pequeña distancia, que nos separaba de la playa, como aquellas sangrías, convertía toda letra en ficción.
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