Estoy en el descampado, ya es de noche. Por momentos los árboles se mueven y la luz de la calle se queda en la vereda.
Yo camino pegado a los cercos. Hará una hora que dejé la casa. Ya desarmé el llavero y tire las llaves, una a una por ahí, entre las hojas, en la zanja, por las bocas de tormenta.
En principio no oigo más que mis pasos y mi respiración, pero hay un momento en que no escucho nada. Entonces una luz blanca y otra azul barren el baldío desde las ligustrinas. Frenan un auto en la salida a la calle.
Me siento muy despacio entre las plantas. El bolso queda a unos pasos. Sigo sin oír nada. Hay algo que me cierra los oídos, y solo veo la luz que dispara la linterna contra las primeros árboles, contra el auto abandonado que revisan. Son dos hombres, no se ve como están vestidos. No se ve casi nada, un par de movimientos bruscos, una patada para cerrar la puerta del auto, antes de salir hacia la calle de nuevo.
La linterna se apaga, mi memoria se interrumpe.
Entonces mi respiración se vuelve un ruido ensordecedor, y me cuesta evitar las lágrimas mientras hago fuerza por escuchar si el auto se está yendo o se queda.
Hasta que lo oigo acelerar a mitad de cuadra.
Busco entonces el bolso con los pies. Lo encuentro y me apuro a salir.
En la calle mantener la mirada en el piso. No correr, recuerdo todas aquellas recomendaciones. Aprieto los labios para no respirar por la boca. En la esquina de la avenida hay más movimiento. Dos bares abiertos y varios autos parados en el semáforo. Una pareja besándose en la puerta de una casa muy iluminada.
Me quedan cinco cuadras.
Los últimos quinientos metros del recuerdo.
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