Hoy encuentro
nuevamente esa letra que no deja de inquietarme.
La reconozco y no puedo
evitar la tentación de copiarla, torpemente. Calculo el alto del trazo, la
tensión, me concentro en la primera y en la última letra, en las bajadas, en
los ganchos. Hace años que no lo hago, pero tengo práctica en esa letra con la
que llené mucho más que aquel cuaderno.
Antes del segundo
párrafo vuelvo al mate, helado, y tengo que cambiar la yerba. El departamento,
demasiado blanco todavía, me devuelve a la angustia de las últimas semanas. Pero
vuelvo a escapar, vuelvo a levantar el edificio de la costa. Aquella mañana en
que entendí con qué era lo que estaba haciendo, cómo me habían enroscado en esa
historia, en esa letra.
Reconocí algunas cartas
que había copiado con ligeras discrepancias, otras que había modificado por
completo. Pero más abajo estaban las otras.
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